La mujer de Sánchez, su hermano, sus dos ex secretarios de Organización –Ábalos y Cerdán–, el fiscal general del Estado y ahora Zapatero. El gobierno de Pedro Sánchez convertido, desde hace años, en el epicentro de una trama de corrupción política y económica sin precedentes con ramificaciones en múltiples ministerios, gobiernos autonómicos e incluso fuera de España. Negar esta realidad o reaccionar únicamente desde el reflejo partidista carece de sentido. La corrupción no deja de ser corrupción por que la cometan «los nuestros». Y precisamente ahí es donde la izquierda española afronta hoy una prueba decisiva: decidir si su prioridad es proteger unas siglas o un Gobierno o preservar la credibilidad moral sobre la que ha construido buena parte de su discurso público. En este escenario, el recuerdo de Julio Anguita se vuelve inevitable. Se podía discrepar profundamente de sus ideas políticas, pero incluso sus adversarios le reconocían una coherencia moral hoy en peligro de extinción. Anguita repetía que prefería a un político honrado de derechas antes que a un corrupto de izquierdas. Aquella afirmación, tan incómoda en la actualidad, encierra una verdad democrática ele mental: la honestidad debe estar muy por encima de las trincheras ideológicas. Cuando se normaliza la corrupción de «los nuestros», como hacen hoy la mayor parte de los dirigentes de la izquierda –Barbón inclusive–, se deja de exigir ejemplaridad y la política acaba reducida a un ejercicio de tribalismo. El resultado es devastador: instituciones desacreditadas, una creciente percepción de impunidad y una ciudadanía profundamente escéptica del sistema. La corrupción no solo roba dinero público; también destruye la confianza colectiva, degrada la democracia y socava la nación. Por ello, España necesita con urgencia voces valientes dentro de la izquierda que sean capaces de poner límites claros y de señalar con firmeza cuándo es necesario decir «hasta aquí». Solo así se puede con tribuir a unas elecciones generales que permitan a nuestro país recuperar la credibilidad institucional, el respeto a la separación de poderes y una mínima sensación de decencia pública. Llegados a este punto, la verdadera disyuntiva «no nos llevemos a engaño» ya no se plantea entre izquierda y derecha, sino entre aceptar el latrocinio como un paisaje inevitable o apostar por la regeneración democrática. Cuando un país alcanza este nivel de deterioro, el problema deja de ser meramente ideológico para convertirse en un problema de Estado. Quizá la lección más difícil, pero también la más necesaria, sea aquella que recordaba Anguita: la honradez no tiene siglas. Pero créanme, señores de la izquierda: aunque Feijóo sea presidente del Gobierno, ustedes también saldrán ganando a largo plazo si son capaces de trascender del sanchismo y reconstruir su proyecto político sobre los valores de la integridad y el servicio público. Sean valientes. Sánchez no puede seguir en La Moncloa ni un día más.
Artículo de David Cuesta
Publicado en La Nueva España el 29 de Mayo de 2026







