La Semana Negra de Gijón es, sin duda, uno de los grandes referentes culturales de Asturias. Durante décadas ha conseguido proyectar la imagen de una ciudad abierta, inquieta y comprometida con la literatura, el pensamiento crítico y el debate. Ha traído a autores de prestigio internacional, ha acercado la cultura a miles de personas y ha demostrado que un festival puede ser, al mismo tiempo, popular y de calidad. Precisamente por ese enorme valor resulta tan decepcionante comprobar cómo, de forma recurrente, determinados episodios terminan desvirtuando su esencia.
No se trata de cuestionar el pluralismo ni la libertad de expresión. Todo lo contrario. Un festival cultural debe ser un espacio donde puedan confrontarse ideas diversas, incluso incómodas. Lo que resulta difícil de comprender es que, año tras año, la Semana Negra parezca incapaz de desprenderse de una fascinación por símbolos y figuras vinculadas al castrismo, como si una dictadura que ha privado de libertades a millones de personas mereciera un tratamiento complaciente o nostálgico.
La presencia un año más de personas vinculadas al régimen cubano, entre ellas Fidel Castro Smirnov, nieto de Fidel Castro, o…
Artículo de David Cuesta
Publicado en La Nueva España el 14 de Julio de 2026







