La historia ni puede, ni debe ser reinterpretada. La memoria debe servir para aprender, no para enfrentar.
Algo que entendió perfectamente la generación de nuestros padres y abuelos, quienes, apenas cuatro décadas después, cuando las heridas aún estaban abiertas y el recuerdo seguía siendo doloroso, lograron superar la tragedia de la Guerra Civil gracias al espíritu de reconciliación nacional que hizo posible la Transición en nuestro país.
Lamentablemente, desde hace algunos años, precisamente quienes no vivieron todo aquello parecen empeñados, una y otra vez, en enmendar aquel perdón histórico y en convertir lo que debiera ser un ejercicio de respeto, de reconocimiento y, sobre todo, de unidad en torno al sufrimiento de miles de familias españolas entonces en una herramienta más para alimentar el enfrentamiento, la discordia y el rédito político, a costa de reavivar el dolor de nuestro pasado.
En este contexto, en los últimos días, el consejero de Izquierda Unida del Gobierno del Principado, Ovidio Zapico, ha insistido de nuevo en el derribo del monumento Héroes del Simancas, ubicado en el colegio de La Inmaculada. Se trata de una obra de Manuel Álvarez Laviada que forma parte de la fisonomía histórica del centro y cuyo valor patrimonial no puede ni debe ser eliminado de manera frívola por motivos puramente ideológicos, más aún cuando la pieza ya fue adaptada para cumplir con la normativa vigente y desvincularla de cualquier connotación política.
En paralelo, en el ámbito municipal, IU ha acordado con Foro la activación de un Consejo Sectorial de la Memoria Democrática —con el que, desde luego, no estamos de acuerdo—, que sin duda servirá para propagar una visión completamente maniquea del conflicto, en la que unos serán presentados como héroes impolutos y otros como villanos absolutos.
Esta lectura simplista, tan habitual en determinados sectores de la izquierda, no es sino un intento más de imponer una manipulación interesada de la historia. Obviando que en aquella guerra —que, en última instancia, supuso un fracaso colectivo de todos los españoles— coexistieron realidades mucho más complejas: muchos actuaron movidos por convicciones que consideraban legítimas, ya fuera en defensa de un determinado orden político o en la búsqueda de una transformación social que juzgaban más justa; otros, simplemente, se vieron arrastrados a un bando u otro por el miedo, la presión del entorno o el reclutamiento forzoso.
Frente a todo ello, desde el PP decimos: basta ya de intentar instrumentalizar, más de ochenta años después, el sufrimiento de quienes vivieron la peor contienda entre hermanos de nuestra historia, vinculando de forma absurda a las víctimas de entonces con ideologías actuales. Y, sobre todo, basta ya de usar a esas víctimas —que pertenecen a todos los españoles, sin distinción de bandos— como arma política arrojadiza para dividir a la sociedad.
Creemos que lo que los gijoneses y asturianos exigen hoy de nosotros no es que nos perdamos en estériles debates historiográficos —para eso ya están los historiadores con infinito más conocimiento de causa— sino que ofrezcamos respuestas concretas a sus problemas reales. Nos preguntan por el desarrollo del Plan de Vías, por el Vial de Jove, sobre qué políticas pueden resultar útiles para abordar el acuciante problema de acceso a la vivienda o por la tan necesaria ampliación del Hospital de Cabueñes, por mencionar solo algunos ejemplos.
Y es precisamente en eso en lo que el PP está centrado. Entre tanto, otros —como Pedro Sánchez, Adrián Barbón u Ovidio Zapico—, desbordados por su incompetencia y falta de ideas, optan por desviar la atención recurriendo a viejas cortinas de humo. En el caso de la izquierda, lamentablemente, esas maniobras suelen venir acompañadas del humo simbólico de los cañones de la Guerra Civil. No caigamos en la trampa ni compremos su mercancía averiada.
Artículo de David Cuesta
Publicado en La Nueva España el 14 de Febrero de 2026







